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Muelle Prat, el ir y venir de los marineros, las faenas de
carga y descarga de los buques trotamundos imponen el ritmo -agitado
y atrayente- en este sector de Valparaíso que completa sus encantos
con una inquieta feria artesanal, donde se venden artículos de todo
el país. En el muelle se exhibe una réplica de la carabela Santiaguillo,
la célebre embarcación en la que llegara el capitán español Juan
de Saavedra, quien descubriera Valparaíso en 1536.
La bahía, permite entender la esencia de los hombres del
mar, acercarse al vaivén de su mundo y escuchar las promesas de
libertad susurradas por el oleaje inacabable. Quien llega a este
rincón de Valparaíso no debe dejar de abordar una
de las lanchas que realizan paseos turísticos. Durante la navegación
de 30 minutos, uno se acerca a las lanchas utilizadas por los pescadores
de la albacora (pez espada) y a los imponentes cargueros provenientes
de diversas partes del mundo.
Las caletas, los hombres llegan del mar con sus
embarcaciones repletas con los frutos del Pacífico, y
empieza la agitación, la venta, los gritos, el vocear de
los precios, también el regateo. Así son las caletas,
lugares que permiten acercarse a los pescadores artesanales
para conocer su ruda y agotadora actividad.
En Valparaíso se pueden visitar las caletas Membrillo
y Portales.
Cerros, miradores y ascensores, Valparaíso
no sería la misma sin sus cerros convertidos en barrios, sin sus
miradores que ofrecen espléndidos panoramas, y sin aquellos pundonorosos
ascensores o funiculares que suben hasta el corazón de las colinas.
Cerros y más cerros: alegres, coloridos, fascinantes, todos
con un mirador que permite darle un vistazo con ojo de
pájaro a la ciudad; todos con funiculares (en la actualidad
15 permanecen activos) que viajan por el aire, que suben y
bajan incansablemente en recorridos singulares y
emocionantes. Inolvidables.
Los cerros más atractivos de Valparaíso son los
siguientes:
Cerro Alegre y Concepción.
Fueron los emigrantes europeos llegados a Chile a fines del siglo
XIX quienes forjaron los barrios residenciales de los cerros Alegre
y Concepción. Entre sus joyas arquitectónicas destacan la iglesia
anglicana de San Pablo y la iglesia Alemana Luterana; además, cuenta
con los paseos Pierre Loty, Atkinson, Gervasoni, Yugoslavo y el
de los 14 asientos, desde los cuales se obtienen preciosas vistas
de Valparaíso.
El ascensor Concepción fue el primero de la ciudad. Se echó
a andar a finales de 1883. Funcionaba a vapor y su
construcción estuvo a cargo de la Compañía de Ascensores
Mecánicos, dirigida por el inglés Juan Naylor y Liborio
Brieba.
Cerro Santo Domingo. La raíz histórica de este barrio
se remonta a la fundación de la ciudad. Sus viviendas son
de un gran valor arquitectónico, pero no por lo recargado
de sus líneas, sino más bien por su simplicidad; mientras
que sus calles -delgadas y con escaleras- son solo para
peatones. La mayoría de sus construcciones son de fines del
siglo XIX e inicios del siglo XX.
Cerro Artillería. Bautizado así por el cuartel de esa
arma que existe en su cima. Entre sus atractivos se
encuentran los museos Naval y Marítimo y el Paseo 21 de
Mayo.
Para conocer el cerro Artillería hay que subir a uno de los
ascensores de mejor vista y más largos de la ciudad. El
funicular, que lleva el mismo nombre del barrio, fue
inaugurado en 1893 y recorre 175 metros.
Cerro Barón. Antiguamente era llamado simplemente el
"Morro", denominación que comenzó a cambiar a partir de
1796. Ofrece una de las vistas más espectaculares de la
bahía, y dentro de su belleza urbana destaca la iglesia de
San Francisco. Otra peculiaridad relacionada con el cerro
es que su ascensor, inaugurado en 1906, es el primero que
funcionó con un motor eléctrico.
Cerro Bellavista. Es uno de los eslabones centrales
de la cadena de cerros de Valparaíso. Su nombre le hace
honor al excelente panorama de la bahía que ofrece a sus
visitantes. Entre sus atractivos destacan la Casa Museo de
Pablo Neruda "La Sebastiana", el Museo a Cielo Abierto, la
imagen del Cristo Redentor y el ascensor Espíritu Santo,
inaugurado en 1911.
Cerro Cordillera.
Está en el centro de la ciudad y es quizás el cerro con mayor historia
de Valparaíso. A partir de 1692 fue la vivienda
de los gobernadores españoles, quienes habitaron el llamado castillo
San José, cuya construcción demoró 10 años. En la actualidad esta
casona es la sede de un museo.
Hasta mediados del siglo XX, en la calle Serrano -donde
comienza el cerro-
funcionaban establecimientos comerciales de fino gusto y
mansiones de gran prestancia arquitectónica, en las que
residieron familias adineradas.
Su ascensor comenzó a funcionar en 1887, siendo el segundo
más antiguo y el que presenta mayor pendiente.
Cerro Florida. Sus casas construidas en el siglo XIX
le dan un marcado sello de tradición, aunque gran parte de
su encanto se perdió hace 30 años, aproximadamente, cuando
los movimientos sísmicos hicieron colapsar un hospital de
la policía uniformada, y de paso opacó la belleza de la
avenida Mena, que era flanqueada por árboles gigantescos.
Su ascensor fue inaugurado en 1906.
Cerro O'Higgins. Conocido también como "Las zorras",
debido a que los ingleses residentes en la ciudad
aprovechaban la abundancia de este animal para realizar
cacerías, siguiendo una de las costumbres más arraigadas en
las islas británicas. En el siglo XX se construyó un
monumento a Bernardo O'Higgins, cerca del lugar donde este
despidiera a la expedición libertadora que se dirigía al
Perú. A partir de entonces, el nombre del cerro cambió.
Fiestas de fin de año, desde el 28 de diciembre Valparaíso
prepara su espíritu festivo con los llamados Carnavales Culturales,
una joven tradición nacida en el 2001 que convierte a los cerros
en teatros, a las plazas en escenarios de conciertos y a los cafés
en reductos de poetas que leen sus versos.
Durante los tres días que dura el evento, la ciudad es
invadida por el arte y se deja seducir por los arrebatos
creativos de los vates, músicos y actores. La fiesta se
prolonga al terminar el carnaval, porque la noche del 31 de
diciembre se despide el año con un espectáculo formidable
de fuegos artificiales.
La gente aplaude, goza, se abraza en los miradores de todos los
cerros, cuando las luces que nacen de la bahía mueren en el cielo
estrellado luego de pintar mil colores en la bóveda celeste. Al
apagarse los destellos de artificio, se encienden las luces de la
bohemia. Valparaíso brinda, baila, pide buenos
deseos.
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