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TIERRA DEL FUEGO
Tierra del Fuego, para quienes leen por primera vez este nombre, la imaginación les puede recrear un zona llena de volcanes, con relajantes aguas termales y un calor apenas soportable; pero no es así, el fuego solo está en el nombre de esta recóndita y friolenta isla de soberanía compartida entre Chile y Argentina, que bordea el Polo Sur o la Antártida, el continente Blanco.
La razón del nombre no tiene nada que ver con el clima y mucho menos con volcanes humeantemente activos, sino más bien con las fogatas que hace cinco siglos encendían los hombres de las tribus Onas y Yagán, quienes eran los amos y señores de esta isla que, por su extrema posición en el globo terráqueo, llega a tener hasta 23 horas diarias de sol en el verano, aunque el astro rey apenas si calienta alguito.
El cimbrear de las fogatas fue visto por el famoso navegante Hernando de Magallanes, quien acuñó el nombre de Tierra del Fuego sin imaginar siquiera que aquellas lenguas rojizas servían para darle calor a los nativos, quienes, a pesar del frío imperante, andaban completamente desnudos.
"Tú andas con la cara descubierta; para nosotros es lo mismo, todo nuestro cuerpo es como si fuera la cara", respondió un nativo Ona, cuando un curioso venido de occidente le preguntó del por qué andaban desnudos en una tierra tan fría. Tiempo después, los teóricos de la evolución explicarían que los isleños habían desarrollado una temperatura corporal superior a la de los hombres de otras tierra.
En la actualidad sería lindo poder preguntarle a la gente de este pueblo miles de cosas, lamentablemente la historia de los hombres y mujeres de esta etnia sólo se encuentra en los libros, porque fueron exterminados sin piedad por los colonizadores de la isla.
Ya no hay fogatas en la Tierra Fuego. Del pasado sólo quedó indemne su pródiga naturaleza, a veces salvaje e indomable como cuando hacia encallar a cientos de barcos que intentaban cruzar el Cabo de Hornos, la ruta interoceánica más usada antes de la construcción del Canal de Panamá; otras apacible, engreidora y abierta, tanto, que permite recorrer sus senderos ahítos de flora y fauna.
Cuando la naturaleza está de buen talante, el viajero puede retar pendientes a pie o en bicicleta, escalar acantilados de piedras afiladas por el hielo de miles de años, pescar con mosquitos, visitar a los vaqueros en sus estancias ganaderas, navegar por el canal de Beagle y pensar, siempre pensar, que está en el fin del mundo, como Darwin, Cook o Magallanes.