
Del museo a la iglesia de
San Pedro de Atacama.
Historia completa, un círculo que se cierra en los atrios y campanarios
de la iglesia más atractiva e importante de la región la que, debido
a su belleza arquitectónica -que quizás roce lo celestial-, fue
declarada Monumento Nacional.
Pero aquí, en
San Pedro de Atacama, las obras humanas
son sólo un añadido, un complemento a la magnífica obra de la naturaleza:
austera en las ondulaciones del desierto más seco del mundo, con
áreas en las que no ha caído ni una gota de lluvia; impoluta en
la blancura de los salares más grandes de Chile; y, estilizada en
el porte grácil de los flamencos y guallatas que merodean las lagunas.

Y la naturaleza parece irritada y humea con persistencia en los
sorprendentes géiseres de Tatio, chimeneas naturales que alcanzan
hasta 7 metros de altura; y, se muestra caprichosa y alucinada,
en el misterioso Valle de la Luna, una porción de tierra con parajes
extraños.
San Pedro de Atacama: desierto, tierra sedienta,
soledad de arena que se torna en pequeña compañía en un pueblo de
calles empedradas y casas de adobe. Aquí hay magia y encanto, hay
calor y delirios, quizás hasta espejismos, aquí hay llanuras de
sal, lagunas y hasta un valle lunar... pero no lluvias. Algo tenía
que faltar. Nada es perfecto.