En la primavera las aguas congeladas de la Patagonia chilena, comienzan a
derretirse lentamente, iniciándose un espectáculo sobrecogedor, un fenómeno
natural digno de ser visto, con asombro, con incredulidad, pensando que sólo
en esta parte del mundo, uno puede apreciar algo tan fascinante, tan
inolvidable.

Y dicen que quienes regresan de ver estas imágenes -sin el filtro de la
fotografía o de la cámara filmadora- lo hacen con un brillo particular en
los ojos, porque observar a los glaciares precipitarse al agua con gran
estruendo, causa un impacto emocional difícil de olvidar, que se adhiere en
el alma como una brisa de espiritualidad.
Sólo un detalle de los muchos que engalanan la Patagonia chilena (Zona
Magallanes), una tierra de contrastes marcados, con glaciares formados en el
mismo milenio en el que se construyeron las pirámides de Egipto, e islas
ancladas en el extremo del planeta, especies de frontera entre la
civilización y la naturaleza salvajemente congelada.

Cientos de islas, canales y los famosos fiordos, son parte de este rincón
de Chile, que antiguamente fuera habitado por cuatro grupos étnicos: los
aónikenk, quienes luego serían conocidos como patagones o tehuelches; los
sélknam u onas; los kawéskar O alakalufes y los vámanas, asentados en el
Cabo de Hornos.
El descubrimiento de la Zona Magallanes, fue producto de una necesidad
urgente del siglo XVI. España y Portugal, entonces potencias navales,
pugnaron por encontrar una ruta marítima por el oeste que los comunicara
China, Japón, la India y Moluca, las tierras de las especias.
El 20 de octubre de 1520, luego de un viaje incierto y lleno de peligros
que se inició en Europa, Hernando de Magallanes descubre la ruta deseada, el
paso que unía el océano Atlántico con el Pacífico, el cual fue bautizado con
su nombre (Estrecho de Magallanes). La hazaña permitió descubrir, además, la
Patagonia y la Tierra del Fuego.
Actualmente, en la Patagonia chilena, destaca la ciudad de
Punta
Arenas, parada de científicos y turistas que desean llegar
a la Antártida, el llamado continente blanco. Esta importante ciudad,
ubicada en un punto estratégico, facilita la conexión con reservas
naturales, lagunas, ríos, islas, pingüineras, fiordos, etcétera.

Pero eso no es todo, la ciudad en si misma está repleta de atractivos, que
la convierten no sólo en un lugar de parada, sino en un destino de ilimitada
belleza. Algo más que la puerta de entrada a la Patagonia.