Una mezcla de asombro, temor y admiración, hicieron presa del almirante holandés Jacob Roggeveen y de sus hombres, al enfrentarse con unos gigantes de piedra, quietos e imperturbables, que parecían mirarlos con firmeza, quizás hasta con obstinación, cuando sus naves se acercaban lentamente a una isla singular y solitaria, abandonada en medio del Pacífico.

El temor no les hizo virar de rumbo. Roggeveen arribó a la isla y de inmediato sintió fascinación por las monumentales creaciones de más de 10 metros de altura, erigidas en este extraño paraje, que él bautizaría como isla de Pascua, por celebrarse aquel día la festividad del Domingo de Resurrección. El calendario marcaba el 5 de abril de 1722.
Con el desembarco del marino holandés se iniciaba una nueva historia para una isla hasta entonces ignota, que se había desarrollado de espaldas al mundo durante 1,400 años; entonces, por fin, se revelaron a los ojos de occidente, las gigantescas y misteriosas esculturas pétreas llamadas
Moai, que aún no terminan de deslumbrar y cautivar a quienes las observan.
Las monumentales figuras de los
Moai, representan a los ancestros elevados a la condición de dioses. Estas fabulosas esculturas reposan sobre inmensas plataformas conocidas como
Ahu, centros ceremoniales dispersos en las costas de la isla.

Y los pobladores de este apartado rincón del planeta, llamaban a su isla Te Pito o Te
Henua (ombligo del mundo), nombre que le fuera dado por el rey Hotu Matu'a; mientras que ellos mismos se definían como Rapa Nui, es decir, hombres pacíficos y hospitalarios, condición y naturaleza refrendada por las flotas españolas (1770), británicas (1774) y francesas (1786), que desembarcarían en la Isla de Pascua.
Recién el 9 de septiembre de 1888, esta paradisíaca isla -localizada a 3,700 kilómetros de la costa chilena- pasaría a formar parte del país, estando en la actualidad bajo jurisdicción de la Región de Valparaíso. En aquel entonces, la población nativa, que alguna vez había sido de varios miles, no superaba los 180 habitantes, ya que muchos habían sido llevados en condición de esclavos a los complejos guaneros del Perú.

Pero los nativos sobrevivieron. Ahora son más de 1,500, conservando su ancestral carácter expansivo y alegre, siendo diestros para la música y el tallado de la piedra y la madera. Sus profundas raíces históricas se remontan al siglo IV, cuando arribaron los primeros pobladores al
ombligo del mundo, provenientes de las islas Marquesas, según estudios antropológicos y lingüísticos.