ANTARTIDA
Hielos perpetuos. Veranos de luz intensa. Inviernos de sombras tenebrosas. Un mundo sin ciudades, sin fronteras, sin guerras, sin petróleo, sin contaminación. Un reino de pingüinos y focas, de elefantes marinos y ballenas azules, en el que el hombre es un recién llegado, un huésped curioso que observa, analiza, estudia y se maravilla de todo.
Y es que aquí lo inusual es parte de lo cotidiano: días de seis
meses, noches de estrellas perezosas que no se marchan del cielo,
glaciares que nunca se derriten y hombres que no contaminan, no
depredan ni construyen grandes edificios; quizás porque tienen millones
de preguntas por absolver, tal vez porque buscan algunas de las
claves del planeta, en este rincón congelado que llaman Antártida.
Hasta hace algunos años, esta región de la tierra era un espacio
exclusivo de científicos y estudiosos. Ahora, la situación es distinta
y grupos de turistas llegan a la Antártida, el
Continente Blanco de los "adoquines" Kilométricos que almacenan
el 70 por ciento del agua del mundo y de las sólidas capas de hielo
que podrían alcanzar los 4000 metros de espesor.
Un nuevo destino se abre a los viajeros en el final o el principio
del mundo. Es frío, lejano e inhóspito... abrumadoramente hermoso.
La Antártida tienta a los trotamundos a pesar de
su caprichoso y riguroso clima (llega a menos 50 °C en el invierno),
y llama la atención de los andariegos que ya no se preocupan de
su lejanía, porque 2 y 4 horas de vuelo la separan de las ciudades
chilenas de Puerto Williams y Punta Arenas, respectivamente. También
es posible llegar por vía marítima.
Por aire o mar se inicia una gélida aventura a la Antártida
chilena, un paraíso congelado de 1´250,000 kilómetros cuadrados.
Los viajeros arriban a la isla Rey Jorge, algo así como la capital
del Polo Sur, donde se encuentra la Villa Las Estrella y la Base
Presidente Frei, una de las 72 estaciones científicas edificadas
por 26 naciones del mundo en el Continente Blanco.
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