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RUMBO A LA ANTARTIDA
La tierra del hielo
Estoy aquí, a punto de viajar al final o al comienzo del mundo. Me gana la ansiedad porque desde hace dos días estoy en Punta Arenas, la ciudad más austral de Chile, donde el frío cala hasta los huesos, pero esta temperatura me hace sentir como un pingüino, será un cálido recuerdo cuando llegue al polo sur, el lugar que visitaré cuando las condiciones climáticas lo permitan.
Pero aún no puedo partir. El clima parece ser un enfermo terminal, es decir, no presenta mejoría alguna. Justo ahora, me informan, hay una de esas tormentas impredecibles que se desatan con furia y mueren de golpe, casi sin agonía; cuando esto ocurra, recién iniciaré el vuelo de cuatro horas hacia la isla Rey Jorge, en el corazón de la Antártida.
Si hiciera el viaje en barco, necesitaría por lo menos tres días para llegar a la Antártida. Eso sí, de todas maneras tendré que pasar por el Cabo de Hornos, ese lugar temido, donde los primeros navegantes españoles, en sus “barquitos de papel”, se jugaron la vida. ¿Qué? Perdón. Me acaban de informar que el clima, súbitamente, se ha compuesto. Podemos volar. ¡Por fin!
Chile, probablemente, sea el país que tiene la información más completa y detallada de lo que ocurre en el continente antártico, posee bases permanentes y sus investigadores y científicos están ahí los 365 días del año, aunque en este lugar del planeta los días y noches duren seis meses cada uno.
Si en pleno vuelo el tiempo cambiara dramáticamente, el piloto no tendría más remedio que regresar a Punta Arenas. No es conveniente ser temerario en estas tierras inhóspitamente congeladas, las cuales sólo pueden ser visitadas por turistas durante el verano (noviembre a marzo).
¿Qué cosa me motiva a seguir este itinerario? Soy un viajero que busca experiencias fuertes, probablemente igual que el lector de esta crónica. Todas mis fuentes (libros, revistas, internet...), coinciden en que el sólo hecho de arribar a la Antártida, constituye, en sí mismo, toda una odisea.
Vaya que es verdad. Estoy sobrevolando el continente helado y todo a mi alrededor es único, las playas, las decenas de islotes y esa familia de ballenas que ha llegado hasta aquí para darse un opíparo y magnífico banquete de krill, un crustáceo parecido al calamar.
El krill es muy estudiado por los científicos, pues podría salvar de la hambruna y la extinción a la raza humana, cuando la comida comience a escasear en el norte del mundo. Este animalito sería el sustituto de muchos alimentos, tal como ocurrió con la papa de los incas en la Europa del siglo XVI.
Veo colonias de pingüinos en las islas. El piloto me dice los nombres pero las olvido de inmediato, son tantas. El cielo es de un azul increíble y el aire está libre de impurezas, porque todos los países que tienen bases en la Antártica, han acordado no explotar jamás el suelo, aunque se sabe que hay petróleo y yacimientos polimetálicos.
La razón es sencilla, se intenta conservar lo más puro posible el aire, suelo y aguas de este continente. Fue una decisión sensata, porque asegura un buen manejo ambiental en esta parte del mundo, considerada una reserva de vida. Sólo por citar un ejemplo, se sabe que los hielos antárticos conservan las reservas de agua más grandes del mundo.
Quisiera describir con más profundidad las maravillas del continente blanco, pero estoy absorto, me siento invadido por una sensación inefable y hoy, después de mucho buscar, puedo decir que entiendo a plenitud el significado de la palabra paz. Disfruto en silencio. El vuelo termina.
Hace un momento aterricé. Pasaré la noche en Villa Las Estrellas, el centro poblado más importante de la Antártica Chilena, donde hay una hostería. Las próximas horas de mi vida serán inolvidables. Sobre ellas escribiré después, ahora quiero encontrarme a mi mismo y sentirme un pionero en este mundo de hielo.