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A PIE POR LA ANTARTIDA
Pasos en el hielo
He caminado casi todo el día por pendientes y lugares desolados. Mis fuerzas escasean, se extinguen, me abandonan, pero no me detengo, siempre doy el paso siguiente y el otro y el otro… ¿los últimos?, no lo sé y prefiero dejar de pensar si es mucho o poco lo que queda por delante o si las condiciones de mi andar se volverán aún más extremas.
No es fácil recorrer este lugar. Es duro y complicado, siempre envuelto de una eterna y blanca soledad, pero fascinante. Aquí los retos no sólo están en el camino o en el frío sempiterno, sino también en los caprichos de las nubes, de la lluvia, del viento que en cualquier momento empieza a bufar, “ametrallándome” con pedazos de hielo y no de polvo, como ocurriría en cualquier otro lugar.
Hoy, felizmente, el clima es benigno por estar en verano. Si fuera invierno, simplemente, no estaría andando. En esa estación el hombre es expulsado del continente blanco o, en el mejor de los casos, obligado a replegarse a sus bases científicas durante seis meses. Sólo así pueden soportar los 50 grados bajo cero, temperatura que los termómetros – si no están congelados – llegan a marcar.
Así es la Antártida y a pesar de eso camino por su blanca y congelada piel. Es una gran aventura que comenzó con un fantástico vuelo hacia la base Frei; una aventura aérea en la que crucé el estrecho de Magallanes, Tierra del Fuego y la cordillera Darwin con sus ventisqueros, amén de algunos glaciares que, cual largas lenguas de nieve, bajan de las alturas.
Luego, la aeronave sobrevoló el Cabo de Hornos, donde tuve la impresión que los dos mares más grandes del mundo se negaran a juntarse y, con energía sobrecogedora, trataran de mantener su distancia. Esa es la sensación que produce la unión del Pacífico con el Atlántico.
Pero ya no estoy volando, sino dando pasos y pasos. Tengo que andar con cuidado y con precaución. Se sabe de caminantes que tras horas de peregrinaje, perdieron la sensibilidad en sus pies debido a la mala circulación de la sangre, cortesía del frío excesivo.
Los conocedores de la zona me han dicho que respete los vientos catabíticos, un fenómeno propio de esta región del “planeta” que parece ser parte de “otro planeta”. Ellos surgen, impetuosos y rebeldes, cuando el aire se enfría al entrar en contacto con el hielo, produciéndose temporales que alcanzan velocidades de entre los 100 y 150 kilómetros por hora. Duran varios días y es imposible estar a la intemperie.
Es por eso que trato de no alejarme demasiado de Villa La Estrella, la agradable comunidad chilena donde pernocto. Un pequeñísimo rincón urbano de la Antártida habitado durante todo el año, en el que se puede comprar víveres, alimentos e, incluso, realizar transacciones bancarias.
Muy cerca de la Villa está la base militar de Chile y la de otros países como China, Rusia y Polonia, de modo que mi riesgo es calculado. Si sufriera algún percance, la ayuda llegaría casi de inmediato.
Sigo mi travesía. Veo rocas de formas tan extrañas, que enloquecerían al geólogo más cuerdo; claro, y también me hastío de ver hielo, ese hielo sempiterno que, según los estudiosos, en algunas partes tiene un espesor de cuatro kilómetros. Tan es así que su peso generó un hundimiento de 600 metros en el lecho continental.
En la Antártida se han hallado fósiles de plantas y animales antediluvianos, pruebas irrefutables de que tuvo un clima tropical y una fauna muy distinta a los pingüinos, elefantes marinos, peces y crustáceos, por citar algunas especies que hoy la habitan, a pesar de las durísimas condiciones climáticas.
Muchos pensamientos me invaden al explorar la Antártida, una región en la que hasta el transcurrir del tiempo parece distinto, quizás porque escuchas el crujido milenario de unas montañas de hielo; un lugar donde te encuentras a ti mismo sin necesidad de buscarte…... En fin, sigo la marcha ensimismado en mis pensamientos.