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ANTARTIDA ESPECTACULO DE VIDA
Los animales antárticos
Un libro abierto con páginas en blanco que aún no se terminan de escribir. Un laboratorio al aire libre, aséptico y frío, donde las condiciones ecológicas son óptimas para el estudio sistemático de diferentes especies, como la ballena azul, el animal más grande que jamás haya existido en el planeta.
Con sus 32 metros de largo y 150 toneladas de peso, el fabuloso cetáceo es incluso más grande que cualquiera de los dinosaurios que poblaron la tierra en el período jurásico. Este gigante marino parece disfrutar al máximo la pureza de unas aguas impolutas y de un aire que no conoce de anhídrido carbónico. Cero smog.
Por estas y otras razones, la Antártida es un imán para todos los que quieran descubrir la magia y el esplendor de la naturaleza. Aquí, por citar un ejemplo, se pueden visitar colonias de pingüinos, sin que estos huyan despavoridos.
En el continente blanco, muchos animales no consideran al hombre un depredador y no han desarrollado mecanismos de defensa; y, más bien, muestran su curiosidad ante los extraños. Es por eso que los visitantes pueden acercarse a los pichones de los pingüinos y caminar entre “enanitos” vestidos con trajes confeccionados con plumas.
Los pingüinos conforman colonias de más de un millón de individuos esparcidos en “ciudades” de dos kilómetros cuadrados. De las 17 especies registradas en este mundo helado por los ornitólogos, dos son propias de la Antártica.
Otra de las especies que deleita a los científicos y a los osados viajeros son las orcas, conocidas antes como ballenas asesinas, temibles animales que llegan a medir hasta 9 metros. Su aleta dorsal es del tamaño de un hombre y su lomo negro, parece ser un presagio de muerte.
Las ballenas asesinas tienen entre sus presas favoritas a los pingüinos. Durante siglos han sido cazador y presa o, mejor dicho, comensal y platillo; pero, cuando las orcas forman “manadas” –situación bastante común- atacan a cualquier animal. Nadie se salva. Ni la gran ballena azul a la que le arrancan a dentelladas enormes bocados, para dejarla morir desangrada.
El verano austral es la única temporada en la que los zoólogos y los amantes de la fauna pueden observar a los animales que habitan la última región del mundo. Es en esta estación, por ejemplo, que el elefante marino, el más grande pinnípedo (foca), encuentra las condiciones ideales para conformar su vastísimo harem, conformado hasta por 12 hembras.
¿Bendición o castigo?... es difícil saberlo, porque el pretencioso y acaparador macho pasará casi todo su tiempo espantando a los jóvenes e intrépidos “galanes” que tratarán de socavar su autoridad territorial y aparearse con alguna de sus hembras. En estos días de pasión, lucha y deseos amorosos, comer es lo de menos.
Pasarán varias semanas antes de que el elefante marino se desentienda de sus asuntos e intrigas domésticas y vuelva a cazar o, en el peor de los casos, ser cazado, porque este gigante de algunos metros de largo –oh, casualidad- es, también, un enorme manjar para las ballenas asesinas.
Así es la Antártica. Un reino natural donde imágenes como las descritas son sólo exiguas muestras de una grandeza extraordinaria, de la cual el hombre es sólo un observador privilegiado –nunca protagonista- que desde una imaginaria butaca de hielo contempla, admira o, simplemente, se sorprende con el simple espectáculo de la vida.
Sí, los animales nos proporcionan paz. Observarlos es regresar a nuestros orígenes, constituyen tímidas respuestas a interrogantes sin fin: ¿de dónde venimos?, ¿estaban allí incluso antes que nosotros? Quizás, el continente blanco, sea el último rincón donde el hombre puede hacerse estas preguntas y encontrar una respuesta.