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Las ballenas asesinas tienen entre sus presas favoritas a los pingüinos. Durante siglos han sido cazador y presa o, mejor dicho, comensal y platillo; pero, cuando las orcas forman “manadas” –situación bastante común- atacan a cualquier animal. Nadie se salva. Ni la gran ballena azul a la que le arrancan a dentelladas enormes bocados, para dejarla morir desangrada.
El verano austral es la única temporada en la que los zoólogos y los amantes de la fauna pueden observar a los animales que habitan la última región del mundo. Es en esta estación, por ejemplo, que el elefante marino, el más grande pinnípedo (foca), encuentra las condiciones ideales para conformar su vastísimo harem, conformado hasta por 12 hembras.
¿Bendición o castigo?... es difícil saberlo, porque el pretencioso y acaparador macho pasará casi todo su tiempo espantando a los jóvenes e intrépidos “galanes” que tratarán de socavar su autoridad territorial y aparearse con alguna de sus hembras. En estos días de pasión, lucha y deseos amorosos, comer es lo de menos.
Pasarán varias semanas antes de que el elefante marino se desentienda de sus asuntos e intrigas domésticas y vuelva a cazar o, en el peor de los casos, ser cazado, porque este gigante de algunos metros de largo –oh, casualidad- es, también, un enorme manjar para las ballenas asesinas.
Así es la Antártica. Un reino natural donde imágenes como las descritas son sólo exiguas muestras de una grandeza extraordinaria, de la cual el hombre es sólo un observador privilegiado –nunca protagonista- que desde una imaginaria butaca de hielo contempla, admira o, simplemente, se sorprende con el simple espectáculo de la vida.
Sí, los animales nos proporcionan paz. Observarlos es regresar a nuestros orígenes, constituyen tímidas respuestas a interrogantes sin fin: ¿de dónde venimos?, ¿estaban allí incluso antes que nosotros? Quizás, el continente blanco, sea el último rincón donde el hombre puede hacerse estas preguntas y encontrar una respuesta.
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